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“Gilda: No me arrepiento de este amor”: Sueños

Uno de los proyectos más anunciados y más postergados de la historia del cine argentino. Hacía años que la actriz Natalia Oreiro tenía el deseo de ser ella, la reina de la bailanta, la abanderada.

Por una cosa o por otra, problema de derechos, guiones rechazados, nuevos proyectos que se superponían; el deseo de Natalia ya parecía inalcanzable. Pero como una sutil metáfora, tras mucho pelearla y aferrarse a ese sueño, llegó el día. Los planetas se alinearon para que el estreno llegue en la forma y momento justo.

Gilda: No me arrepiento de este amor, pertenece a un género difícil, el biopic, el retrato de una vida real; más una biopic sobre un ídolo popular que trascendió su arte. No hay muchos antecedentes satisfactorios de estos, menos en nuestro cine. La sola propuesta ya despertaba ciertos temores.

Temores descartados, no solo se estrena en un momento justo por la fecha conmemorativa de los veinte años del fallecimiento de la cantante; sino en el momento ideal para conseguir los nombres y los elementos justos para lograr el mejor de los resultados.

Para quienes no sepan de qué hablamos (¿Habrá alguien?), se sigue la vida de Myriam Alejandra Bianchi, o mejor dicho de Gilda; porque el foco principal estará puesto en esa difícil transición entre la mujer cotidiana y la ídola eterna.

Por supuesto, Natalia es Myriam, o como le gusta que la llamen, Gil, una maestra jardinera de Devoto, casada, con dos hijos, y algo frustrada.

Su sueño es seguir ese lazo que la unía con su padre Omar (Daniel Melingo), la música. Ella quiere ser cantante, y a escondidas responde a un clasificado para el casting de la voz líder de un grupo tropical.

En esa audición, no solo comenzará el giro hacia su vocación, conocerá a Toti Giménez (Javier Drolas), con quien terminará formando más que una sociedad.

Este es el camino de un anonimato al estrellato, con todas las complicaciones, y ese destino trunco tan pronto que se respira en el aire.

Por supuesto, el mayor acierto de esta película está en su protagonista, Natalia Oreiro siente al personaje en cada gramo de su cuerpo e impostura. Lo compone segura de que será el rol de su vida; y más allá de que la actriz de Miss Tacuarembó ha oscilado entre roles más livianos y otros más comprometidos y muy logrados (recuerden a esa madre de Infancia Clandestina); en Gilda logra una simbiosis absoluta. No hace falta que se le parezca físicamente (que sí se le parece), tampoco en el timbre de voz (hay mucha semejanza), la interpretación pasa por una cuestión de ser, de saber comprender a esa persona detrás del personaje.

Hay otro acierto, otro nombre, a la altura del logro de la actriz, Lorena Muños, su directora y co-guionista junto a Tamara Viñez. Proviniendo del mundo documental, Muñoz hace el aporte necesario para que esta propuesta se destaque.

Quienes hayan visto Yo n sé que me han hecho tus ojos y Los Próximos Pasados, sabrán de la capacidad de la directora para focalizar en lo fundamental y armar un relato perfecto a través de hechos reales. En Gilda, aun ficcionalizando, se repite ese esquema.

Si bien el guion recae en varios clichés de las biopics populares, y del drama en general, no hace un nunca abuso de lo melodramático. Myrian/Gil/Gilda sufre por ese marido (Lautaro Delgado) que no la comprende, que la cela, y del que cada vez se distancia más a la par que se acerca su socio. También sufre por esa madre (Susana Pampin) que tampoco la apoya y cela la relación que tuvo con su padre ya fallecido.

Pero Muñoz prefiere no centrarse en eso, exponerlo, pero no ir por a senda de la heroína de telenovela que se disputa entre dos amores. Prefiere hablar de una mujer que persigue un sueño, que se mete inocentemente en un ambiente turbio y le gana a todos los prejuicios; que cada vez que se acerca más a su objetivo de cantar siente que resigna tiempo con sus hijos, que Gilda le va ganando lugar a Myriam.

Con un tono destellante, la fotografía también cuenta una historia que parece de ensueño, como si no todo se contase en palabras, como si la contundencia de los planos y las imágenes alcanzara para dejar claro lo que se quiere decir sin necesidad de recalcarlo.

Gilda, es una película que maneja sutilezas, que elige las canciones en el momento justo, y que funciona a modo de homenaje e historia de vida más allá de las sensaciones que el personaje real le puede despertar a cada uno.

En esas sutilezas se encuentra también la dirección actoral y el conjunto actoral. No es fácil destacarse en un secundario dentro de una película con un personaje descollante y tan central. Aquí todos los secundarios encuentran su propio momento de brillo, cada uno nos hace creer su personaje; con especial atención a Drolas, Delgado, Roly Serrano, Chucho Fernández – increíblemente no acreditado – y Daniel Valenuela (los representantes de la “mafia musical”, los tres con escasas escenas, pero notorios en su creación eludiendo el prototipo de mafioso), y una Ángela Torres que quizás necesitó de mayor espacio dentro de la historia, pero que cada vez que aparece se hace notar a pura garra. 

No importa si uno tiene simpatía o no por la cantante; Gilda, no me arrepiento de este amor se disfruta de todas maneras por toda la potencia que expone. Potencia que se desborda en los últimos tramos de un metraje algo excesivo.

Elevándose por sobre la media de los films con los que se puede comparar; Oreiro, Muñoz y equipo logran una película que como la música de Gilda apunta a lo más popular del sector; y como aquella, ofrece algo distinto y superior.

Anexo de Crítica por Rolando Gallego

La primera escena de “Gilda: No me arrepiento de este amor” (Argentina/Uruguay, 2016) es contundente, dolorosa y muy incómoda. Ubica a la película en el lugar que justamente terminará por posicionar a la figura sobre la que va a hablar, en la larga cadena de documentos, entrevistas, hechos, informaciones, y detalles que hablaron de la fundación de un nuevo mito, el de la cantante que luchó por sus sueños y terminó por cambiar su historia y de la de miles de fanáticos que aún hoy la recuerdan.

Esa primera imagen, dura, icónica, refleja desde dentro de un coche fúnebre, y con la cámara arriba de un ataúd, mientras se muestra el afuera del auto, con gente gritando, llorando, golpeando la puerta, el dolor encarnado de un pueblo, y a su vez evoca a grandes funerales, como el de Evita, por ejemplo, que fueron seguidos por los medios de comunicación por millones de personas.

Lorena Muñoz afirma allí, su mirada, y desde ese momento, indica con esos planos que ella le regalará luego a la cantante en la vida del filme, el lugar que necesita para terminar de consolidarse y posicionarse como uno de los íconos de la cultura popular argentina.

Sólo 20 años pasaron desde la muerte de Miriam Alejandra Bianchi, “Gil”, para sus amigos cercanos y familiares, aquella maestra jardinera de Devoto, agobiada por su presente de tareas y rutinas, que decidió patear el tablero y meterse de lleno en la consecución de su sueño.

Y sobre eso trabajará “Gilda: No me arrepiento de este amor”, un filme que tomará datos y hechos conocidos sobre la cantante para construir una particular visión sobre la misma, sin claroscuros, y con la convicción de potenciar aquellos aspectos más positivos del mito, aún a expensas de quedar en evidencia la postura condescendiente sobre la misma.

Muñoz debuta en el cine de ficción, y decide hacerlo con esta biopic musical, tras una serie de documentales que, casualmente, le brindaron la posibilidad de construir una narrativa particular y que en este filme se potenciará en cada plano que le regala a la película y a su protagonista.

Como Gilda está Natalia Oreiro, la actriz que afirma haber nacido para el rol, y le brinda el cuerpo y la voz a un personaje aún vívido en la memoria de muchos, y difuso en aquellos que no conocieron el boom de la cantante, pero que reconocen las canciones y melodías inconscientemente, que la convirtieron en una de las número uno de la música tropical.

El precipitoso ascenso hacia la cima, con todos los esquivos acontecimientos y la manipulación de la mafia de la cumbia, pero también con el rechazo inicial de su pareja (Lautaro Delgado) y su familia, son tan sólo dos de los tópicos con los que trabaja la directora, que sabe que el fuerte del filme está en las imágenes y en la interpretación protagónica de Oreiro, que se brinda ciegamente al filme, en una precisa actuación, diferente a las que viene ofreciendo.

Si el bronce con el que se construye el mito, por momentos termina por ahogar la pasión del relato, rápidamente es superado por la incorporación de los números musicales, que van desde el tímido primer acercamiento con Toti Gimenez (Javier Drolas), en el casting, hasta la explosión en Bolivia y otros escenarios, con un momento clave, cuando, expulsada de la cartelera oficial de la cumbia, ofrece un show para presos.

La elección de algunos encuadres, y la exactitud con la que se registran situaciones, como así también la alternancia entre día y noche de la artista, en contraposición con la rutina que su familia siguió viviendo, configuran un relato sólido y contundente sobre la persecución de los sueños y la concreción de metas.

Ultima actualización (Domingo 25 de Septiembre de 2016 22:34)

 

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