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“El diablo blanco”: Pueblo chico…

La ópera prima de Ignacio Rogers, "El diablo blanco", mezcla elementos del cine indie argentino, con el creciente cine de género local. El resultado es un logrado producto bastante atípico, con el acento recargado en los climas. Un grupo de amigos jóvenes, una pareja, y una ex pareja, espacios abiertos, diálogos que parecen sobre la nada, días soleados, noches ventosas; un momento de quiebre en la relación de los cuatro.

Si pusiéramos esto en cualquier sinopsis, ya nos estaríamos imaginando un clásico film para el regodeo del BAFICI. De hecho, "El diablo blanco" tuvo su premiere en la última edición de aquel festival.

Pero, como si hiciésemos un crossover entre el BAFICI (Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente), y el BARS (Buenos Aires Rojo Sangre), el debut en la dirección de Ignacio Rogers, mezcla esos elementos, con algo más propio del cine de terror independiente.

En los últimos años, el estilo de cine indie, aquel acunado en la FUC (Fundación Universidad del Cine), que tanto material le otorgó al festival que este 2019 cumplió sus 21 ediciones, viene demostrando cierto cansancio tanto estético como narrativo, o en sus premisas; en contraposición a un pujante cine de género, que hace que año a año, el Rojo Sangre se enriquezca con más y mejores producciones locales.

Quizás "El diablo blanco" sea también un producto de esta coyuntura. Fernando (Ezequiel Diaz), Camila (Violeta Utizberea), Ana (Martina Juncadella), y Tomás (Julián Tello), son un grupo de amigos alrededor de los 30 años, a bordo de un auto, por las rutas de la Mesopotamia argentina.

Haciendo una parada en la zona limítrofe con Brasil, llegan a un complejo de cabañas en el que intentan resguardarse. Inmediatamente, comienzan a sucederles extraños acontecimientos, de los cuales, Fernando parece ser el único que acusa recibo, sobre todo al inicio. Hay algo que el espectador sabe desde el inicio pero los cuatro deberán descubrir en el trayecto de la película. Aquella zona fue testigo del sacrificio de un intruso blanco en las comunidades originarias. Ofrecido durante un rito...

¿Será ese hecho el que maldijo esa tierra? Fernando notará que los habitantes de ese pueblo actúan de manera extraña, y que algunos de ellos, los que intentan ayudarlos, irán desapareciendo durante la noche. Preso de visiones y pesadillas que lo llevan a una paranoia, cuando quiera huir del lugar, comenzarán las trabas que los retendrán. Con amplia experiencia actoral, Ignacio Rogers centra "El diablo blanco" en las emociones de sus personajes. 

Si bien el espectador siempre sabrá más que ellos, mucho de lo que sucede, es visto, o transmitido, a través de las sensaciones de Fernando. Lo cual le permite al realizador la ambigüedad de no saber cuánto hay de realidad, y cuánto de paranoia del personaje por el contexto y la situación en la que se encuentra (Camila es su ex pareja, y hay un episodio previo entre ellos).

En manos de un director más propio del cine de terror, "El diablo blanco" pudo tomar un camino transitado similar al de "La masacre de Texas" o la local "Los olvidados"; los típicos peones que caen al lugar equivocado y son presas de una cacería gore. Rogers toma otro camino se inclina por los climas, por la construcción dramática, por la sugerencia, ahorra sangre, pero atrapa con la extrañeza que genera, logrando una tensión general que hará que no despeguemos la mirada de la pantalla.

Juega con los clichés tanto del cine indie, como del terror, y le aporta una mirada propia local.

Es interesante ver como el cine de género nacional logra trasladar ciertas fórmulas eficaces (de hecho, de eso se trata el cine de género), a nuestra idiosincrasia, contando historias nuestras, de nuestra propia cultura, de la mitología autóctona. "El diablo blanco" se siente tan coloquial, universal; como criolla.

Ezequiel Diaz carga con el peso de un protagónico fuerte, un personaje complejo, al borde, extralimitado, del cual no sabemos hasta qué punta es víctima o victimario. Su labor es correcta y siempre luce convincente, aún en los tramos más complicados. No es ninguna novedad decir que Violeta Urtizberea es una de las actrices más talentosas de su generación.

En su rol de final girl, de ser la víctima principal no sabemos de quién o qué, entrega otra faceta, un rol algo más maduro. Se supera. Tello y Juncadella necesitaron de personajes con algo más de presencia, pero en el espacio en el que están, cumplen.

También podremos ver a Ailin Sallas en un papel bastante atípico para ella que maneja con bastante solvencia, en una de las escenas más cliché de género, pero más divertidas de la película. Quizás el guion del propio Rogers, Paula Manzone, y Santiago Fernández, adelante más de lo debido determinados acontecimientos; pero se refuerza al desviar la atención mediante los problemas de bagaje del cuarteto.

La siempre sobresaliente fotografía de Fernando Lockett y la musicalización de Pablo Mondragón y Patrick de Johng; también serán aportes fundamentales para que "El diablo blanco" sea una propuesta lograda. Ignacio Rogers comienza con el pie derecho en la silla de director: consigue una serie de mixturas, planteos, y una construcción de ambiente y personajes que la destacan como un film que merece toda nuestra atención.

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