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"Pájaro de barro": una guapa del 900

Lo primero que sorprende de la puesta de “PAJARO DE BARRO” en el Teatro Regio del Complejo Teatral de la Ciudad de Buenos Aires, es indudablemente, la feroz vigencia de su texto.

Escrita por Samuel Eichelbaum (el mismo de “Un guapo del 900” que es su obra más celebre y más representada) en 1940, hoy en día resuena, se hace eco de la actual lucha del colectivo femenino en la búsqueda de nuevos espacios de reconocimiento y plantea en el rol de Felipa, una heroína adelantada a su época, una mujer de vanguardia y de fuertes convicciones, completamente osada y muy por fuera del estereotipo social de ese momento.

Guionista, crítico literario, escritor de novelas y de un libro de relatos, pero fundamentalmente un destacado dramaturgo, al ver esta nueva puesta de “PAJARO DE BARRO” –la última fue con la adaptación y dirección en manos de Discépolo en 1969- vuelve a hacerse presente que los textos de Eichelbaum plantean conflictos y dilemas morales completamente actuales y que sacuden con la misma fuerza que hace más de setenta años, hoy, en el aquí y ahora.

Por su particular tono intimista –sin alejarse de un marcado costumbrismo- la crítica ha encontrado en su dramaturgia, rasgos de Ibsen, Dostoievski o Strindberg y hasta podemos sentir un aire chejoviano en el planteo del universo femenino, mezclando temas de género con temas propios de las clases sociales.

“PAJARO DE BARRO” fundamentalmente es una historia de mujeres fuertes, potentes, a la búsqueda de su propia identidad y consecuentes con sus deseos. Por un lado Felipa, que luego de un encuentro aparentemente casual con el escultor Juan Antonio, renuncia a su futuro matrimonio “familiarmente arreglado” para dejar atrás las convenciones e ir por su propio destino.

Así llegará entonces a la casa del escultor en donde se encontrará con Doña Pilar, su madre, una inmigrante española de fuerte temperamento, quien más allá de estar aferrada a sus condicionamientos religiosos, es un espíritu libre que se sentirá involucrada con la historia de Felipa, le dará contención, pero al mismo tiempo, la pondrá en la disyuntiva de que su verdad salga a la luz.

El éxito de la puesta en escena de este clásico nacional, es el ojo avezado y el alma que Ana Alvarado vuelca tanto en la adaptación del texto –respetando el original y haciendo algunas modificaciones en cuanto al orden de los parlamentos para darle una mayor importancia a aquellos que considera más relevantes- como en la dirección.

Una dirección que privilegia no solamente al texto y al trabajo de los actores, sino que se nutre de los objetos tradicionales a los que les contrapone un modernísimo mapping y otros conceptos que generan un diálogo permanente entre varios medios visuales.

El vestuario y las imágenes que van formando parte de la escenografía dependiendo de cada cuadro, van acompañando el arco dramático de la protagonista jugando con el color, yendo desde el blanco y negro más austero hasta estallar en tonos más saturados sobre el último acto.

Dramaturga, docente, fundadora e integrante del mítico Periférico de Objetos junto a Veronose y García Wehbi, Alvarado propone una puesta en escena clara y conceptual: absolutamente exquisita, delicada, plena de detalles, que se complementan perfectamente con una iluminación y una música cuidada y dulce, siguiendo el pulso de los avatares del personaje de Felipa.

El presentador a cargo de Mariano Mazzei nos va sumergiendo en cada cuadro de la historia, en un interesante y logrado trabajo que va muy a tono, orgánicamente, con la propuesta.

Si bien se destacan los trabajos de Daniel Hendler como el escultor Juan Antonio y Marita Ballesteros como Doña Pilar –quien a través de las funciones deberá encontrar el tono adecuado para su personaje que todavía titubea entre la dicción de rasgos españoles, el ama de casa de campo y una cadencia más actual-, quienes abordan a sus personajes desde una cuidada construcción interior, la composición de Lucia Tomas como Felipa es arrolladora.

Con sus ojos enormemente expresivos, se apodera corporalmente de su personaje desde las primeras escenas y brinda un trabajo sin fisuras y maneja perfectamente a una criatura tan difícil y compleja como Felipa.

Justamente ovacionada al final de la función, Alvarado ha encontrado en Tomas una aliada perfecta para su propuesta, donde en un hermoso “tour de force” se entrega y moldea, como ese escultor con las manos en el barro, a una heroína inolvidable que hace que el texto de Eichelbaum tome cuerpo y reverbere en la sala del Regio con la imponente fuerza de esa figura femenina en búsqueda de su propia identidad.