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"Carcajada salvaje": los días infelices (y cómo vivir con ellos)

“Soltó una carcajada salvaje, en medio de la más dolorosa aflicción”

Los días felices Samuel Beckett

A pesar de que Christopher Durang tiene una vasta trayectoria en Broadway -más particularmente en el off-Broadway-, con numerosos premios y una reconocida pluma que abarca desde sus obras cortas, hasta guiones de cine (“Beyond Therapy” de Robert Altman, es uno de ellos) pasando por su dramaturgia nominada al Tony y al Drama Desk; el público de Buenos Aires -a excepción de una puesta de “La Tragedia del Actor” en el año 2000 en el Margarita Xirgu- desconoce prácticamente sus textos.

Saber que podemos tener a mano una de sus piezas más irreverentes con un humor completamente ácido, es, de por sí, una buena noticia. Aún cuando el texto de “CARCAJADA SALVAJE” fue escrito en 1987 y puede haber algunos apuntes que denoten el paso del tiempo, la adaptación que han logrado los intérpretes con la directora, lo hacen profundamente vigente.

Dos seres completamente solitarios, inmersos en el ritmo de una gran metrópolis y arrollados por la velocidad con la que vivimos hoy en día se “chocan” en un encuentro completamente desafortunado en la góndola de atún del supermercado.

Ese es el punto de partida de estos dos personajes, para que, cada uno a su turno, nos cuenten la anécdota desde su propio punto de vista. La pelea en la góndola del atún no es más que la excusa y el disparador para que dos personajes que se presentan casi en las antípodas, puedan desplegar una parafernalia desenfrenada de recursos teatrales para captar nuestra atención como espectadores.

Ella -irá confesándolo a medida que la conozcamos-, es una persona que tiene serios problemas psiquiátricos, con varias internaciones en su haber y el desequilibrio y el desenfreno a flor de piel.

Él, completamente depresivo, intenta por todos los medios echar mano a cuanta terapia alternativa, texto de autoayuda o curso de superación personal encuentre para salir de su propio pozo. En cierta manera, y tomando como espejo la obra de Beckett a la que la propia protagonista cita, ambos están tan enterrados como Winnie de “Los días felices” pero no pierden el humor, no pierden la esperanza, siguen aferrados a su pulsión vital por sobre todas las cosas.

Durang –y la adaptación realizada en esta ocasión- habla descarnadamente del nivel de enfermedad con el que hoy se convive, la realidad aplastante y demoledora que no (nos) deja lugar ni a respirar. Lo valioso de la propuesta es que con un tema tan oscuro y tan al filo de la locura, tan difícil de abordar, pueda resolverlo tan naturalmente, con un humor feroz, a pura ironía y con un vértigo que acompaña la parte más lúdica de la puesta.

Por todos sus trabajos anteriores como “El principio de Arquímedes” “El vestidor” “Nerium Park” y la inolvidable “Tebas Land” sabemos que Corina Fiorillo ama tomar riesgos.

Y seguramente el texto de “CARCAJADA SALVAJE” le ha planteado un desafío único y novedoso. Su trabajo es austero, preciso, dándole la fuerza necesaria a un texto potente pero por sobre todo –justamente ahí donde el texto pueda tener algunos desniveles o se pueda llegar a evidenciar el paso del tiempo-, permitiendo que se luzcan los protagonistas en un espacio escénico donde se respira creatividad y trabajo en equipo.

El personaje femenino al que Durang no pone nombre, con lo que sencillamente es ELLA, está en manos de Verónica Llinás. Llinás pareciera condensar en esta nueva criatura, todo el desenfreno de las Gambas al Ajillo, sus épocas del Parakultural, su alocado y desbordado personaje de “Chanchadas – Truismes” y la serenidad y la marginalidad de “La mujer de los Perros”.

Vemos a una actriz completamente madura, sabiendo aprovechar cada recoveco del personaje, un dominio escénico único que se complementa además con un excelente vínculo con el público.

Llinás sencillamente parada en el escenario (como lo fue para quienes tuvimos la posibilidad de verla en “Conejo Blanco, Conejo Rojo” en Timbre 4) es una verdadera fiesta: se maneja con una libertad total, moldea el texto palabra a palabra generando esa sensación de creación en el “aquí y ahora” que no tan fácilmente se logra en el teatro.

Hay momentos en los cuales pareciera que Alejandro Urdapilleta se ha apoderado de su cuerpo y vibrasen en el mismo tono y en la misma cuerda, como una especie de homenaje a ese teatro magníficamente bizarro de los ’80. Basta ver los registros de las puestas de “CARCAJADA SALVAJE” en New York o en Madrid, para que resulte obvio que Llinás hace un trabajo excepcional, superador, donde el texto le resulta orgánico y propio. 

Él es Dario Barassi: con una cuerda completamente diferente, pero con gran histrionismo y mostrando un costado más naïf y tierno, maneja el segundo acto sin que se pierda el tono general de la obra, a pesar del cambio de registro que marca claramente su personaje.

Barassi compone a Él con un gran trabajo ayudándose de algunos sonidos, tics y una destreza corporal que, en dupla con Llinás, es explosiva. Juntos, sobre el final, transitan el fragmento más ligado a ese teatro del absurdo del que viene nutriéndose el texto desde el inicio.

Y aún en las zonas menos agraciadas y más convencionales de la dramaturgia de Durang, Barassi y Llinás, conducidos por la mano firme de Corina Fiorillo saben encontrar la fórmula para que la “CARCAJADA SALVAJE” estalle en la platea y el texto brille.